Estudio: áreas protegidas de la Amazonía brasileña evitan la deforestación de 29 millones de hectáreas en cuatro décadas
Un estudio científico de gran escala demuestra que las áreas protegidas de la Amazonía brasileña han sido extraordinariamente efectivas para frenar la destrucción del bosque tropical más grande del mundo.
La investigación, publicada en la plataforma bioRxiv, analizó 802 áreas protegidas y conservadas en la Amazonía de Brasil durante un período de 40 años (de 1986 a 2024) y concluyó que estas zonas evitaron la deforestación de 290.436 kilómetros cuadrados, el equivalente a 29 millones de hectáreas, una superficie nueve veces mayor que la vegetación perdida dentro de los propios límites de estas áreas protegidas.
El estudio, titulado «Impact of Amazonian protected areas in preventing deforestation and carbon loss over four decades«, fue liderado por un equipo de investigadores y contó con el apoyo de la Gordon and Betty Moore Foundation y la Coordenação de Aperfeicoamento de Pessoal de Nível Superior (CAPES) de Brasil.
Sus hallazgos ofrecen la evidencia más robusta hasta la fecha sobre el papel fundamental que han desempeñado los parques nacionales, las reservas extractivistas, los territorios indígenas y las comunidades en la conservación del bioma amazónico y en la mitigación del cambio climático global.
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La Amazonía perdió 14% de su vegetación, pero las áreas protegidas contuvieron la pérdida
El contexto general sigue siendo preocupante. Entre 1986 y 2024, el bioma amazónico perdió el 14% de su vegetación nativa, una cifra que refleja el avance implacable de la frontera agropecuaria, la minería ilegal y la expansión de infraestructuras.
Sin embargo, el estudio revela que, de no haber existido el sistema de áreas protegidas, las cifras de deforestación habrían sido considerablemente más altas.
Los investigadores utilizaron una metodología de emparejamiento estadístico (statistical matching) para corregir el sesgo de ubicación de las áreas protegidas, es decir, para asegurar que la comparación se hiciera entre zonas con características similares de presión deforestadora y accesibilidad, y así aislar el verdadero efecto de la protección.
Los resultados son concluyentes: las áreas protegidas redujeron la probabilidad de deforestación por kilómetro cuadrado en un promedio de 0,5 puntos porcentuales por año a lo largo de todo el período estudiado.

7.300 millones de toneladas de CO₂ evitadas y 45.336 Mt de carbono almacenadas
El impacto climático de esta protección es igualmente monumental. El estudio calcula que las áreas protegidas de la Amazonía brasileña almacenaban 45.336 millones de toneladas de carbono en 2016, lo que representa el 61% de todo el carbono almacenado en el bioma amazónico.
Además, entre 1986 y 2024, estas áreas impidieron la emisión de 7.300 millones de toneladas de CO₂ que habrían sido liberadas a la atmósfera si esos bosques hubieran sido talados o quemados.
Esta cifra equivale a más de una década de emisiones anuales de países como Brasil o Indonesia, y subraya el valor incalculable de las áreas protegidas no solo como refugios de biodiversidad, sino como infraestructuras naturales de mitigación climática que operan de manera silenciosa pero efectiva.
El estudio analizó tres categorías de protección: las unidades de conservación (que incluyen parques nacionales, reservas biológicas y áreas de uso sostenible), los territorios indígenas y los territorios quilombolas. Las tres categorías mostraron un impacto positivo promedio en la reducción de la deforestación, lo que indica que cada una de ellas, en su conjunto, contribuye a frenar la pérdida de bosque.
Investigaciones anteriores ya habían señalado que las áreas de protección estricta, como los parques nacionales y las reservas biológicas, tienden a evitar más deforestación que las áreas de uso sostenible cuando se comparan bajo el mismo nivel de presión.
El nuevo estudio confirma esta tendencia, pero añade un matiz fundamental: el impacto varía significativamente entre los estados brasileños, lo que pone de relieve la importancia del contexto regional, la gobernanza local y la aplicación efectiva de la ley en el éxito de la conservación.

El tamaño y la antigüedad no determinan el éxito
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que ni el tamaño de las áreas protegidas ni su antigüedad influyeron en su efectividad una vez que se analizó la cantidad de deforestación evitada por unidad de superficie y por año, lo que sugiere que no se trata simplemente de crear áreas grandes o antiguas, sino de ubicarlas estratégicamente y gestionarlas adecuadamente.
Las áreas que estaban inicialmente más preservadas resultaron ser más efectivas, lo que indica que proteger el bosque que aún permanece intacto es una inversión de alto retorno. Por el contrario, la deforestación dentro de las propias áreas protegidas y el aislamiento geográfico (la lejanía de centros urbanos y de control estatal) redujeron su impacto.
A pesar de la contundencia de los datos, los autores del estudio advierten que la contribución de las áreas protegidas a la conservación del hábitat y a la mitigación climática sigue estando infravalorada en los debates políticos y en la asignación de recursos.
«Abogamos por expandir estratégicamente la protección hacia áreas de mayor impacto potencial y por asegurar una financiación adecuada para que las áreas protegidas puedan cumplir con ese potencial», señalan los investigadores en el documento.
El estudio llega en un momento clave: Brasil ha mostrado una reducción significativa de la deforestación en los últimos años, con una caída del 36% en la pérdida de bosques primarios en 2023 respecto al año anterior, el nivel más bajo desde 2015. Sin embargo, las presiones sobre la Amazonía persisten, y la comunidad científica insiste en que la consolidación y el fortalecimiento del sistema de áreas protegidas es una de las herramientas más efectivas y con mejor relación costo-beneficio para garantizar el futuro del bosque y del clima global.

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